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Lesbianas En La Crisis Del VIH-SIDA: «It Was Never Not Our Battle»

En el contexto actual, donde el coronavirus y las políticas del cuerpo y el estado vuelven a reforzar los esquemas sociales, no podemos evitar recordar la crisis del VIH/SIDA y lo que supuso para nosotres. Una violencia consolidada en víscera, un dolor grabado a fuego en nuestra memoria colectiva, un dolor compartido. Un dolor que las nuevas generaciones sentimos nuestro.

Desde los primeros casos identificados en 1981 (Marzo de 1985 en Euskal Herria), la crisis del VIH/SIDA fue determinante para que las instituciones médicas y gubernamentales potenciasen su agenda homófoba y transmisógina durante las décadas en las que la epidemia se cobró miles de vidas. En Euskal Herria además, como en otros territorios, fue una crisis compartida entre personas LGTB, trabajadoras sexuales y usuaries de drogas por vía parenteral.

Las herramientas biopolíticas que se tejieron dieron forma a un poder espacializado que se extendió en la totalidad del territorio hasta penetrar en el cuerpo individual. De ahí nació el estigma que sobrevive hasta la actualidad. 

Ese estigma, unido a la fuerza de la homofobia, la transmisoginia y el prohibicionismo fue la causa por la cual muchas familias y parejas de las personas hospitalizadas o enfermas las habían dejado aisladas y confinadas a la soledad. Así, naciendo de la necesidad colectiva y teniendo en cuenta también la genealogía política de los cuidados, las mujeres y personas no binarias alineadas mujer de nuestro colectivo fueron, una vez más, las generadoras de cuidados.

En estos casos muchas mujeres bisexuales y lesbianas compartieron un espacio que muchos habían dejado de lado por miedo a una infección o incluso la estigmatización por relacionarse con hombres gays y bisexuales. Mujeres que acompañaban en los hospitales a los enfermos, bien porque se habían quedado solos o porque las normas del servicio médico no permitían el paso de sus parejas. Mujeres que denunciaban los malos tratos que se sufrían en los hospitales, cárceles o la inaccesibilidad a ciertos tratamientos que se iban desarrollando. Mujeres que en muchas ocasiones dejaron sus trabajos para ser parte de un movimiento solidario. 

Por otro lado, las mujeres lesbianas, proveedoras de cuidados, también lucharon. Las mujeres, que parecían relegadas del movimiento tanto por la baja incidencia como por la lesbofobia y la transmisoginia, fueron compañeras dentro y fuera de ACT UP. En un contexto donde reinaba el caos, el miedo y la ignorancia hubo gente que hizo nacer una de las luchas más potentes que conocemos. Una militancia creada desde la desesperanza y el duelo, una comunidad para canalizar esa rabia.

A través de esa militancia las mujeres que militaban en grupos como ACT UP demostraron una vez más que la lucha en conjunto y los espacios de confluencia son necesarios en momentos de crisis. Mujeres que ya habían formado parte de otros movimientos (feministas, de liberación racial etc) dieron cuerpo y carácter interseccional a la lucha contra el SIDA. Como mentores de una desobediencia civil no violenta y partícipes de las acciones que se organizaban.

Vito Ruso, activista en la crisis del VIH/SIDA dijo en su lecho de muerte “Recordad a las lesbianas y lo que hicieron por nosotros”. Nosotres recordamos. El dolor no es la única herencia que nos dejó esta crisis. Ante situaciones de injusticia juntes somos capaces de más. Somos análisis, somos conversación, somos colectivo, somos cuidados y somos, lucha.

Erlantz Iglesias (Ozen!)

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